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Puntos de referencia (sobre Gallos y huesos de Sergio Chejfec)

Edgardo H. Berg
Universidad Nacional de Mar del Plata

 

Hace un par de años, más precisamente en 1970, aparecía en el número 246 de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, una serie de poemas de Juan José Saer, agrupados bajo el título “Poetas y detectives”, estos poemas serían la base del libro El arte de narrar , publicado en Venezuela por la editorial Fundarte en 1977, y editado definitivamente, sumando tres secciones nuevas, en el año 2000, bajo el sello de la editorial Planeta.Sin embargo, el libro no nos sorprendía como un gesto radical e intempestivo, más bien el texto, como una nota sincopada, remitía, en su variación, a una música familiar y conocida. En todo caso, se podría decir, a propósito del libro de Saer, que las pausas ritmaban y volvían articular, con sus cánones y fugas, una sinfonía inacabada y siempre inconclusa. Cuando, Chejfec publica, en el año 2003, Gallos y huesos, en principio parecía asumir un riesgo, como si estuviera explorando un territorio nuevo, o realizando una suerte de caminata y errabundeo por regiones ignotas o fronterizas.
Escribir, como lo ha sugerido Maurice Blanchot (1990: 54-55), puede tener, al menos, un sentido: explorar y gastar los errores. Cavilaciones, hipótesis, historias truncas e incompletas, conjeturas y bocetos. La literatura, para Sergio Chejfec, no es en el fondo más que el nombre impreciso e inestable de una fuga incesante de conceptos, formas y experiencias. Si hay una divisa que Chejfec asume como propia, su marca de extranjería quizá sea la más visible, presente en su trabajo narrativo por fuera de los estereotipos y el lugar común. La inversión o el desvío de las intenciones primarias generan, muchas veces, una anomalía y una suerte de des-composición de los acuerdos genéricos previos. 
Más conocido por su obra novelística (Lenta biografía, 1990; Moral, 1990; El aire, 1992; Los planetas, 1999; Boca de lobo, 2000; o Los incompletos, 2004) o por sus textos ensayísticos (recogidos en su último libro El punto vacilante, 2005), Chejfec ya había incursionado con el registro poético a partir de “Tres poemas y una merced”, publicado en el año 2003, en el número 62 de Diario de Poesía, donde dialogaban, en un singular cruce de géneros, la crítica literaria y la poesía. El primer poema “Botín de guerra” establecía un singular modo de testimonio, un poema si se quiere desplazado que operaba sobre el ensayo de Joseph Brodsky, del mismo nombre, perteneciente al libro Del dolor y la razón. El poema convocaba a la coartada genealógica y daba forma a un sujeto en estado de enunciación que, tomando prestada la vida de otro (la biografía extranjera de Brodsky), al mismo tiempo, al hacerlo, construía su propia identidad. Las dos historias parecían monedas intercambiables y las dos vidas casaban literamente sus duraciones.
“La poesía va siempre ayudada y aún llevada por el ritmo de las cosas exteriores, pues la cadencia lírica es la de la naturaleza”, escribía Rainer María Rilke, en una carta cuyo destinatario era Rodin. En una suerte de poesía

desyoizada (el yo es sustituído por la tercera persona y la mirada distanciada parece ser el registro  impersonal y neutro sobre los objetos que están a la vista), y donde sobre el reino aristótelico del tránsito y la descomposición, los desechos de las especies parecen persistir en un canto in-nominado, lejano e inaudible, Chejfec parece recordar la poesía “objetivista” de Rainer María Rilke (basta pensar en los dos tomos de los “Nuevos poemas” o en “Las elegías a Duino”); una poesía si se quiere autorreflexiva y curva, que intentaba penetrar en el mundo interno de los seres y las cosas, y en este sentido, parece dar expresión a una poética de la physis.
Un poema largo que transcurre sobre la superficie de un mapa abre Gallos y huesos (2003) y, precisamente, el poema se titula “Mapa” (pp. 3-16). El poema, si se quiere, condensa dos motivaciones presentes en la poética del autor: por un lado, la construcción de un escenario indeterminado y abstracto, bajo la presencia inerte de cuerpos y entes subterráneos; por el otro, la autorreflexión sobre un dibujo, una cartografía improbable e imposible de definir, como el trazo irregular que deja la escritura sobre los signos, y que parece afirmar la inconsistente representación de lo real o, por lo menos, su  vacilación e incertidumbre.
De la Física aristotélica, Chejfec retoma el dualismo cosmológico inscripto en el mapa, entre el mundo supralunar (perfecto e incorruptible) y el mundo sublunar (imperfecto y corruptible, sometido a la generación y al cambio). En este sentido,  el mapa proyecta un mundo escindido en dos, un mundo debajo de otro. Sin embargo, este poema hechizo de geografía, con sus paisajes e inscripciones, presentiza un punto ciego y fuera de lugar, conjetura sobre el registro imposible del mapa, imperfecto en su construcción.
La poesía vuelve a tomar la forma de un erizo, pero un erizo, muy abajo, bien abajo, debajo de la tierra como resto fósil o capa geológica. ¿Cómo cartografiar lugares desconocidos y des-habitados y cuya representación no figura en ningún mapa conocido? ¿Qué es lo que hormiguea en sus bordes y provoca la hendidura del pensamiento? El sujeto que mira y recorre con sus manos un mapa gastado y viejo, contempla un instrumento humano y, si es verdad que la cartografía perfecciona a la naturaleza, la representación gráfica de la tierra o parte de ella en una superficie plana, violenta los signos:

 

Toda parte de mapa
En su indeferencia
Explica muda

La arbitrariedad

Cada mapa termina
Antes, es reducido
Es un género de objeto
Ilusorio, incapaz
De revelar
La índole cierta
Aplazada o no, repetida
De nuestro paisaje sublunar (Chejfec 2003: 14).
 

Los planos cosen, tejen, anudan arabescos y prolongaciones, mezclan y niegan al mismo tiempo, la memoria de un mundo perdido. Sobre la planicie que demarca e inscribe lugares, es posible figurar otros, aún aquellos que los sitios callan. Interrogar. Hacer silencio. O que los mapa abran sus arrugas y pliegues.
Frente al paisaje sublunar, al borde de un cráter, surge la idea de un espacio invisible e ignoto, por fuera del lienzo del mapa: como si se pudiera atravesar y dar cuenta de los rastros perdidos de un lugar vacío,  de un confín o de un límite. Quien observa en los pliegues de una tela, ese sujeto neutro e impersonal,  encuentra una marca, un grano erizado y alerta: capilares fósiles o líneas quebradizas de una especie extinguida:

 

Entre lo conocido de este
y, otro mundo
no hay cosa tangible
que venza lo extranjero,
El punto donde el mapa
Se separa de sí, deja

De señalar

Sin motivo aparente
Se suspende
Y consiste en una exhalación
Una promesa
O un simple argumento
Que olvidó su intención (11)

 Lo que ya no tiene sitio, permanece en un lugar inasible y sólo se conserva como huella, en un abrirse camino en la extensión de los posibles.
La incidencia ficcional de cierto actos banales no impide en el autor, que cualquier acto o escena, por insignificante que parezca,  resulte un terreno de experimentación o se encuentre, vacilante, ante la impresión grávida del experimento.
Decíamos que en la poética de Sergio Chejfec, narrar siempre remite a cierta forma de caminar, pero caminar no sólo es ir de un sitio a otro, también es una forma de mirar, una suerte de itinerario visual, como si pudiera sacar a pasear la mirada. El poema, “Gallos y huesos” (17-44), más extenso que el primero, que sostiene y presta su título al volumen de poemas, describe e interroga una escena mínima, si se quiere banal. En este sentido, la exploración que asume Chejfec es pura insistencia in-significante y sólo está allí como una marca diferencial, como falla o resto. Y el poema, precisamente nos habla de los restos corpóreos, de la imperfección pútrida del aristotélico “mundo sublunar”, sometido al régimen de la mutación y la muerte.
El motivo del poema es la contemplación nocturna de un osario, la serie de huesos de gallos, arrojados en la pileta de una cocina:

 

Ciertas noches de luz en la ventana
Se ven latir los huesos
Tornasolando ajenos
A la circunstancia
Como almas
Animadas apenas por un sueño liviano
Son los restos dejados
Desde tiempo atrás en la pileta
Con desgano, sin atención ni fuerza (20-21)

 

La minuciosidad y el alargamiento de una misma escena, en una proliferación de planos y secuencias, marcan no sólo el recorrido del ojo sino la reflexión especular que descompone y dispersa los huesos a lo largo de la extensión. Y el poema como devenir de la conciencia, es el tanteo imposible de registrar esa voz desvaneciente e inaprensible.
La impersonalidad y la conciencia circunspecta del sujeto, ese sujeto que sale al encuentro de lo que está ahí, delante de los ojos, fija y pone en juego un lugar, el lugar del excedente de una voz que llama sin decir nada. El desecho es el nombre del que alguna vez tuvo nombre o el que la especie humana imagino como un nombre. De la mirada a la reflexión, de la percepción del cuadro a la conjetura incierta que una astilla o un espolón de un ave, todavía en la boca caliente por el regusto, restituya la memoria, el nombre de los des-nominados: el canto mudo o el furor animal del inmediato no existir: “El recuerdo de la espuela/ Que sin estar sigue cortando” (25).
Y es preciso insistir, volver a mirar e interrogar, para que el recuerdo de esa voz inaudible como resto desvanecido, se transforma en voz de la conciencia, en memoria y lenguaje.
Si se trata de paralelismos entre ambas series, ambos poemas, “Mapas”y “Gallos y huesos”,  están escritos en arte menor, en un suave verso blanco que se deja leer y respirar en una sucesión ascendente, como una combinación de pentasílabos, de heptasílabos, de eneasílabos, incluso de endecasílabos. La idea de huella, marca, o rastro invisible une a las dos secciones del libro, si se quiere funciona como concepto valija, o mejor como un sintagma móvil y errabundo que circula entre las dos zonas, entre la dos series de poemas alternativamente, entre “Mapa” y “Gallos y huesos”:

Porque no hay lugar
donde el ojo no encuentre
La marca, la promesa (12)

Como una interrupción menor
Del tiempo incomovible
Del hueso
Es pasado remoto
Prueba sin marca (40-41).

 

Si en los mapas es posible entrever algo que está por debajo de la cartografía, en los huesos de un gallo, hay una señal o una luz a punto de extinguirse que nos remiten a una instancia anterior, o a su recuerdo. Como si se pudiera volver a mirar sobre la planicie de un mapa y interrogarse sobre el destino de una especie y tolerar, al menos por una vez, en una lengua distante o fuera de lugar, algo aproximado a la nada, mientras la oscuridad, la mudez o el reloj avanzan  en  un punto, “donde trazo y olvido coinciden” (8)

 

Bibliografía

 

Aristóteles (1967). Obras completas. Madrid: Aguilar.
Blanchot, Maurice (1990). La escritura del desastre. Caracas: Monte Avila.
Brodsky, Joseph (2000). Del dolor y la razón. Barcelona: Destino, pp. 13-31.
Chejfec, Sergio (2002): “Tres poemas y una merced”, en Diario de Poesía, nº 62, Buenos Aires, diciembre 2002, p. 15.
____________(2003). Gallos y huesos (poemas). Buenos Aires: Santiago Arcos Editor.
Rilke, Rainer María (1960). Gedichte (Poesías). Santiago de Chile: Editorial Nascimento.
Saer, Juan Jóse (1970): “Poetas y detectives”, en Cuadernos hispanoamericanos, nº 246 (junio de 1970): 563-571
_____________[1977] (2000). El arte de narrar. Buenos Aires: Seix Barral.