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Eros y Thánatos en Alejandra Pizarnik: Lo obsceno en escena

Anahí Alejandra Ré
Universidad Nacional de Córdoba

 

El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje
contra el otro. Es como si tuviera palabras
a guisa de dedos, o dedos en la punta de mis
 palabras. Mi lenguaje, tiembla de deseo.”

de Fragmentos de un discurso amoroso
Roland Barthes

 

“en la sala de torturas,
en los momentos de máxima tensión,
solía introducir ella misma un cirio ardiente
en el sexo de la víctima”

de La condesa sangrienta
Alejandra Pizarnik

…Víctima que luego, seguramente, agonizaría en el sótano, o, con un poco más de suerte, moriría en el último instante de tolerancia posible ante las torturas. Aquel momento que, desde Bataille, podríamos pensar como el incesante paso (casi) de la discontinuidad (vida) a la continuidad (muerte), esa vacilación, ese estar al borde del abismo. Dice Bataille,

“Los cuerpos se abren a la continuidad por esos conductos secretos que nos dan el sentimiento de la obscenidad”1

Lo obsceno, aquello que de tan próximo queda fuera de escena, lo ob-sceno La transposición de los límites lleva a lo obsceno.
Leemos una parte de Pizarnik desde Bataille por su evidente influencia “maldita” en la poeta.
Recordemos: Desde su teoría del erotismo, la vida nos arroja a la discontinuidad y, en ese estado angustiante, sólo ansiamos experimentar el vértigo de la continuidad primigenia sin dejar de ser el ser discontinuo que somos, quebrantar sutilmente el límite de lo posible, pasar un pie del otro lado y experimentar el afuera sin perder la posibilidad de regresar y recortarnos, nuevamente, del otro. El encuentro erótico nos permite sustituir el aislamiento del ser y ensayar una forma de continuidad con el otro, situarnos en alguna zona del límite que nos abisma para relegarlo, en la cornisa que nos embelesa y que nos sosiega, en el precipicio que nos arrebata y tiembla, en el elíxir que nos embriaga y que nos agota.

Bataille explica:

“Hay, en el paso de la actitud normal al deseo, una fascinación fundamental de la muerte. (…). Pero, en el erotismo, la vida discontinua no está condenada a desaparecer: está solamente puesta en cuestión, debe ser trastornada, desordenada al máximo. Hay búsqueda de la continuidad, pero en principio solamente si la continuidad, que es lo único que podría establecer definitivamente la muerte de los seres discontinuos, no vence. Se trata de introducir, dentro de un mundo fundado sobre la discontinuidad, toda la continuidad de la que este mundo es susceptible.”2

Continuidad que nos sitúa en el campo de la muerte, pues el deseo es el de morir con el otro, fusionados; pero, que a su vez, este deseo no se cumpla. La presencia de la muerte en lo erótico es contradictoria: está allí en tanto algo que se debe evitar. Sin embargo, sin ella, lo erótico sería imposible.
En este orden de cosas, la actividad sexual / el erotismo, es aquello que posibilita disfrutar del vértigo de la muerte/continuidad, sin correr el riesgo que implicaría el precipitarse. Como el deporte que consiste en saltar desde esas altas torres hacia el vacío, para quedar suspendido boca arriba, enlazado a la vida por los pies. Experimentar el vértigo de la caída, pero sin terminar de caer (poder volver a pasar el pie hacia este lado del límite).
Eros y Thanatos, instinto de conservación e instinto de destrucción, dominan el campo de lo que llamamos erotismo. Así, el campo del erotismo es también el campo de la violencia, de la violación. Arrancar al ser de la discontinuidad es siempre violento (ya sea mediante el erotismo de los cuerpos que, para Bataille, significa siempre “una violación al ser de los participantes que confina con la muerte, que confina con el asesinato”3, ya sea mediante la muerte, que “nos arranca de la obstinación que tenemos en ver durar el ser discontinuo que somos”4).
            Así, entendemos a la violencia como aquello (el erotismo, la muerte) que rompe o, al menos, interrumpe el orden dado de las cosas; sea el orden dado de la discontinuidad, sea el orden “natural” social5.
Desde esta perspectiva, podemos describir al dominio del erotismo como el dominio de un duo bellum, dúo bélico, duelo que, en otras palabras, se trata de una guerra de, al menos, dos.
El objeto de la guerra (y de esta guerra) es triunfar sobre el otro, apoderarse del otro, ganarlo, matarlo, poseerlo y, así, alterar (el sentido de) la otredad, alteración que permitiría experimentar la continuidad en tanto se difuminarían los límites de los seres aislados. En esta instancia, la belicidad se hace necesaria para transformar al otro mediante el acto violento de quitarle su condición de ser otro discontinuo de uno mismo, acecharlo con la propia presencia, ser continuo foco de peligro en tanto elemento de fascinación necesario para hallar voluptuosidad.  
El abrazo, en esta idea, involucra una violencia sobre el cuerpo del otro en tanto es tan excesiva la intimidación que causa, la amenaza de continuidad, que provoca temor. En el encuentro erótico, la violencia de uno se propone a la violencia del otro: se trata por cada lado de un movimiento interno que obliga a ser fuera de sí (fuera de la discontinuidad individual). Esta violencia, amenaza con franquear los límites que nos individuan como seres discontinuos. Estamos ante un momento de crisis que implica una confusión de fronteras, la rebelión de aquello que, contenido por la piel, intenta el desborde; la transgresión de sus propios límites físicos:
 
“La virgen de hierro alza sus blancos brazos para que se cierren en perfecto abrazo sobre lo que esté cerca de ella –en este caso, una muchacha-. La autómata la abraza y ya nadie podrá desanudar el cuerpo vivo del cuerpo de hierro, ambos iguales en belleza. De pronto, los senos maquillados de la dama de hierro se abren y aparecen cinco puñales que atraviesan a su viviente compañera de largos cabellos sueltos como los suyos.”6

Algo habría aquí de la imprecisa frontera entre el placer y el dolor.
Así como en la fiesta ritual, en la guerra también nos ubicamos en un territorio de gracia donde todo vale. Territorio que se diferencia del habitual, donde nuestros actos están regulados por interdictos y prohibiciones que velan la presentación de “lo obsceno”. Para la existencia del territorio de gracia, es condición sine qua non la existencia del territorio habitual de los interdictos. Si no existiera, como contrapartida del anhelo de voluptuosidad, un respeto por los valores prohibidos; no podríamos diferenciar los dos espacios, y tampoco podríamos pensar en términos de transgresiones/libertades. ¿Qué se transgrede si no hay reglas? El respeto por esos valores no sería pleno si la desviación erótica no fuera posible y seductora. Una vez actualizada la transgresión, ya no se puede volver atrás. Como en el orgasmo, estamos ante un sentimiento de inevitabilidad en medio del vacío.
            El des-límite, el exceso, la desmesura, el desbordamiento siempre violento, siempre en complicidad con la muerte, es objeto de interdicto. Es por eso que el tiempo de la fiesta y de la guerra, al ser tiempos extraordinarios que irrumpen en el curso normal, se transforman en un espacio de gracia y de “vale todo” que transgrede el régimen habitual7. El cuerpo, así, se transforma en espacio de gracia del dominio de la fiesta8, del erotismo. En Extracción de la piedra de la locura, Pizarnik dice, actualizando estos conceptos
                       
“(…) Retrocedía mi roja violencia elemental. El sexo a flor de corazón, la vía del éxtasis entre las piernas. Mi violencia de vientos rojos y de vientos negros. Las verdaderas fiestas tienen lugar en el cuerpo y en los sueños (…)”9

Violencia de vientos rojos (eros), violencia de vientos negros (thánatos). Las verdaderas fiestas tienen lugar en el cuerpo, y en los sueños (lo que es igual a decir: en los límites).
Pero no hablamos sólo del cuerpo. O del cuerpo, sí, pero además. También se transformaron en espacios de gracia los campos de concentración y todos aquellos lugares de ejercicio de la nunca decible violencia que fundió otredades en la muerte. Intento orientar esta búsqueda hacia referentes “no lenguajables”, que permiten que leamos a continuación a Pizarnik y apreciemos la belleza de algo que, fuera de la literatura, sería terrible.
Para Bataille, la crueldad y el erotismo son dos elementos presentes en el espíritu del que está resuelto a ir más allá de los límites del interdicto. Deslizarse de un terreno a otro es posible, son territorios vecinos, ambos fundados sobre la ebriedad de escapar al poder del interdicto. Esta autora, otra vez, nos brinda ejemplos sobre esta fusión de erotismo e instinto de destrucción cuando reescribe ciertas costumbres de “la condesa sangrienta”. Un caso concreto es el de “Torturas clásicas”, o el final de “Medidas severas”:
“ (…) Se escogían varias muchachas altas, bellas y resistentes (…) y se las arrastraba a la sala de torturas en donde esperaba, vestida de blanco en su trono, la condesa. Una vez maniatadas, las sirvientas las flagelaban hasta que la piel del cuerpo se desgarraba y las muchachas se transformaban en llagas10 tumefactas; les aplicaban los atizadores enrojecidos al fuego; les cortaban los dedos con tijeras o cizallas; les punzaban las llagas; les practicaban incisiones con navajas (si la condesa se fatigaba de oír gritos les cosían la boca; si alguna joven se desvanecía demasiado pronto se la auxiliaba haciendo arder entre sus piernas papel embebido en aceite). La sangre manaba como un geiser y el vestido blanco de la dama nocturna se volvía rojo (…) También los muros y el techo se teñían de rojo (…).11
empleaba el atizador, con el que quemaba, al azar, mejillas, senos, lenguas…12
 Durante sus crisis eróticas, escapaban de sus labios palabras procaces destinadas a las supliciadas. Imprecaciones soeces y gritos de loba eran sus formas expresivas mientras recorría, enardecida, el tenebroso recinto. Pero nada era más espantoso que su risa.
... sus últimas palabras, antes de deslizarse en el desfallecimiento concluyente, eran: "Más, todavía más, más fuerte!" (…)
(…) Esta escena me llevó a pensar en la Muerte -la de las viejas alegorías; la protagonista de la Danza de la Muerte-. Desnudar13 es propio de la Muerte. También lo es la incesante contemplación de las criaturas por ella desposeídas. Pero hay más: el desfallecimiento sexual nos obliga a gestos y expresiones del morir (jadeos y estertores como de agonía; lamentos y quejidos arrancados por el paroxismo). Si el acto sexual implica una suerte de muerte, Erzsébet Báthory necesitaba de la muerte visible, elemental, grosera, para poder, a su vez, morir de esa muerte figurada que viene a ser el orgasmo.” 14

Estas citas dan lugar a muchos temas interesantes, entre los cuales se halla el problema de la libertad del hombre que introduce el horror y lo indecible, la relación del amor con el sacrificio, la relación del erotismo con la muerte, Sade y eros/thánatos en la literatura, en un ejemplo más que claro de las posibilidades de esta dupla.
Ella no sintió miedo, no tembló nunca. Entonces, ninguna compasión ni emoción ni admiración por ella. Sólo un quedar en suspenso en el exceso del horror, una fascinación por un vestido blanco que se vuelve rojo, por la idea de un absoluto desgarramiento, por la evocación de un silencio constelado de gritos en donde todo es la imagen de una belleza inaceptable.15
“Ella es una prueba más de que la libertad absoluta de la criatura humana es horrible”16.
Tratando con imágenes que no se pueden soportar, en las cuales se presentan visiones de castración, canibalismo, despedazamiento y muerte, el arte logra una articulación donde lo repugnante, el asco, irrumpe en formas de extrema belleza. Lo siniestro, sin ser transformado, destruye el efecto estético y, entonces, es su límite. No se trata de representar lo indecible irrepresentable, sino de re-presentarlo, de mostrarlo (de ponerlo en escena, entonces, develarlo), de ofrecer el sentimiento sublime a quien pose sus ojos sobre las líneas del renglón; presentar el discurso erógeno, la palabra genital.
Lo sublime en el siglo XX abandona la relación que planteaba Kant con la naturaleza para vincularse a lo antropológico, a los actos llevados a cabo por el hombre: El Guernica de Picasso, no se fundamenta en la naturaleza sino en el terror artificial, el terror producido por el hombre y, entonces, el máximo terror. Aunque de otro modo, esto no es opuesto a lo que hemos dicho antes: este terror, aunque producto del hombre, sigue siendo producto de la “naturaleza” humana-inhumana “en corrupción”.
Para Bataille, la poesía le da una expresión a lo que excede las posibilidades del lenguaje común: “Utiliza las palabras para decir lo que trastorna el orden de las palabras”.  Considera que aquello que no podemos apreciar apaciblemente es poético, poético es aquello que corta en nosotros el deseo de reducirlo a las medidas de la razón.
La estética de lo sublime en la dualidad placer/temor es la manifestación del arte, ya que ésta no consigue expresar lo que quiere expresar. La obscenidad de la realidad del mundo y el terror la sobrepasan; no obstante, no abandona el intento de decirlo, he allí su placer: la expresión que intenta decir. Allí su miseria: no poder decir. La pretensión del querer ronda la frustración. Lo sublime es el enmudecimiento ante lo siniestro.
La desnudez, para Bataille, equivale a la gravedad del acto de matar. Tanto el acto de amor (convulsión erótica) como el acto de sacrificio (convulsión de los órganos), revelan la carne. La carne es el lugar donde se ejerce la violencia.  El amante disgrega al ser amado como el sacrificador al ser inmolado.
El sacrificio, los ritos de expiación, deben agotar la vida del otro para ser realizados correctamente. ¿Podría compararse este rito, al rito del encuentro erótico? Sí. Al “chivo expiatorio” se lo abre a la experiencia de la continuidad mediante el sacrificio. Esto requiere el ejercicio de cierta violencia voluntaria, tan voluntaria como la acción del amante que desnuda a su “víctima”, a la que desea poseer y penetrar.

Dice Bataille:

 “La posesión del ser amado no significa la muerte, al contrario, pero la muerte está comprometida en su búsqueda. Aunque el amante no puede poseer al ser amado, piensa a veces en matarlo: a menudo preferiría matarlo a perderlo. Desea en otros casos su propia muerte (... )Lo que designa a la pasión es un halo de muerte”17

Lo que designa a la pasión, dice Bataille, es un halo de muerte.
Y Pizarnik nos cuenta, al respecto, en “Lazo Mortal”:
Palabras emitidas por un pensamiento a modo de tabla de náufrago. Hacer el amor adentro de nuestro abrazo significó una luz negra: la oscuridad se puso a brillar. Era la luz reencontrada, doblemente apagada pero de algún modo más viva que mil soles. El color del mausoleo infantil, el mortuorio color de los detenidos deseos se abrió en la salvaje habitación. El ritmo de los cuerpos ocultaba el vuelo de los cuervos. El ritmo de los cuerpos cavaba un espacio de luz adentro de la luz.18
En la convulsión de la carne, la autora halla una manera de expresar el par que es objeto de este trabajo: “el ritmo de los cuerpos” (eros), “ocultaba el vuelo de los cuervos” (thánatos).
La convulsión de la carne solicita el consentimiento, el silencio, la ausencia del espíritu. Quien se abandona a ese movimiento, ya no es humano. Es una ciega violencia/amenaza que se reduce al desencadenamiento, que disfruta de ser ciego y de haber olvidado. Además, hay un aspecto inhumano de la actividad sexual: Una especie de rabia o furor que se apodera de nuestro ser. Por ese momento, nuestra personalidad está muerta y deja lugar al aspecto animal.

Sin la evidencia de una transgresión, ya no experimentamos ese sentimiento de libertad que exige la plenitud de la realización sexual, ya no franqueamos ningún límite, ya no existe el otro lado. Para Bataille, la trasgresión es la experiencia pura y la más desnuda del afuera. Explica que:

“La esencia del erotismo es la asociación inextricable del placer sexual y del interdicto (actividad sexual constreñida al secreto)” 19

Esto es así en la medida en que entendemos “interdicto” no por abstención, sino por la práctica en forma de transgresión. La transgresión del límite de lo aislado individual ejerce una fascinación innegable pero, a su vez, no nos abandonamos a ella por completo. Una vez actualizada la transgresión, ya no se puede volver atrás. Como en el orgasmo, estamos ante un sentimiento de inevitabilidad en medio del vacío.
            Vacío, abismo, borde, franja, quebrada, barranco: el vértigo de la “pequeña muerte” es el lugar del instante límite, lugar en el cual asistimos al proceso de “continuización”20 de los seres, espacio en el cual estamos ante el indisoluble par: eros y thánatos.
Espacios: el cuerpo de concentración, la piel, la palabra genitalizada, el cadáver.
Hemos dicho que hay un momento en el que eros y thánatos pueden vincularse. La escritura, según Bataille, afirma lo que ella misma cancela. En ella se puede vincular la afirmación con la negación. Vida y muerte. Antes de la abolición definitiva de los contrarios, sólo la transgresión crea el paso incesante de una esfera a otra.    
Lo erótico y la palabra, lo erótico y la poesía, como experiencias auténticas, están indisolublemente emparentadas. Una de las características de la narración es la temporalidad, la conciencia de existir dentro de los límites del tiempo, lo que es decir: de la muerte. La literatura destruye el significado habitual de las palabras, lo sacrifica, significa una apertura a lo posible. Significa una fuga, un apartarse del discurso habitual, de ese orden que mencionábamos al principio.
El erotismo invade en el campo literario como una respuesta a la existencia mecanizada. Octavio Paz afirma que el erotismo es un juego, una representación en la que la imaginación y el lenguaje desempeñan un papel tan importante como las sensaciones.

“El agente que mueve lo mismo al acto erótico que al poético es la imaginación. Es la potencia que transfigura al sexo en ceremonia y rito, al lenguaje en ritmo y metáfora”.21


1 BATAILLE, George: El Erotismo. Página 31

2 BATAILLE, George: El Erotismo. Página  32.

3 BATAILLE, George: El Erotismo. Página 30

4 idem

5 Esto último se percibe, por ejemplo, en la interrupción del tiempo y de las convenciones sociales durante la desnudez de los amantes de Amor 77 de Julio Cortázar, donde los amantes, desnudos, protagonistas de un ritual intrínseco a su esencia, sucios de sexo “después de hacer todo lo que hacen”, “se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten” (todas, acciones que, desde el bañarse, limpiarse, expían el “pecado” que es el sexo para la sociedad, hasta el entalcarse, perfumarse, peinarse (procedimientos mediante los cuales se van adaptando/camuflando para ingresar nuevamente al ámbito de lo “social civilizado”) y el vestirse (paso final para terminar de salirse de la hybris por la cual, hasta ese momento previo a levantarse, se habían dejado poseer). Dejar eso que son desde su más profunda piel en el ámbito de lo ob-sceno (fuera de escena), fuera del alcance de todo régimen de visibilidad, esconderlo tras el telón del tabú social para definir su seudopertenencia a un grupo al cual nadie, en su más primitivo ser, realmente pertenece: “y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son”. Formas constituidas que diferencian seres que no son diferentes en su naturaleza, mismidad que sólo puede develarse en la continuidad que permiten eros y thánatos, pero que, debido a reglas establecidas, permanecen disimulados por máscaras discontinuas. Asistimos, así, a un espacio externo en el cual la discontinuidad sólo es una máscaracáscara que se cae con la ropa al ingresar al espacio de lo íntimo: “Solo el ser discontinuo muere, y la muerte revela la mentira de la discontinuidad” (Bataille, página 135 de El erotismo).
El erotismo puede llegar a ser el nombre mismo de la experiencia que el ser puede tener de lo sagrado (independientemente de la religión), acercándonos, desde el exceso, al “dominio de la violencia y de la violación” con su equivalencia de príncipe del mal y de la fiesta dionisíaca, dejando como secuela la disolución de formas sociales estructuradas tras adoptar como forma, aquella de la trasgresión, de lo prohibido. A la vez, el erotismo nos facilita luchar por la libertad, contrarrestando los eslabones negativos que representan los discursos autoritarios, las dictaduras, la guerra y, a final de cuentas, la intolerancia.

6 PIZARNIK, Prosa Completa,,pag 283

7 La fiesta permite la caída del tabú, la abolición de las prohibiciones en medio de un ritual de máscaras. En las cuevas de Lascaux, en la escena del pozo, el hombre tendido en el suelo, con el sexo erguido, presenta la imagen de una cabeza de pájaro como máscara.

8 Ventana sobre el cuerpo: La iglesia dice: El cuerpo es una culpa. / La ciencia dice: El cuerpo es una máquina. / La publicidad dice: El cuerpo es un negocio. / El cuerpo dice: Yo soy una fiesta. // (Eduardo Galeano)

9 PIZARNIK, Poesía completa. Página 253.

10 La violencia sexual abre una llaga Este abismo/llaga, es una hendidura propia de la sensualidad humana, el resorte del placer a través del cual puede experimentarse la continuidad Se trata de un lugar abierto en la piel, una herida comunicante mediante la cual dos seres discontinuos pueden ser, por la fascinación que ejerce en ellos la certeza de la muerte, dos partes del mismo desgarro que es la vida. Una herida comunicante a través de la cual puedan difuminarse sus límites violentamente y, dos seres, ser uno, amorfo e indefinible.

11

12 Idem, 287

13 Desnudos, los amantes están próximos al momento de la fusión. Se trata de un estado de comunicación que revela la búsqueda de una continuidad posible del ser más allá del repliegue sobre sí: “Los cuerpos se abren a la continuidad por esos conductos secretos que nos dan el sentimiento de la obscenidad” la llaga genital, la herida que vio el primer hombre de Galeano en el sexo de la mujer.  

14 de “Torturas clásicas” en Prosa Completa. El subrayado es mío.

15 PIZARNIK, Prosa Completa, pag 296

16 De “Medidas severas”.

17 op. Cit. 35

18 De El infierno musical (II – Las uniones posibles). Alejandra Pizarnik

19 BATAILLE, George: El Erotismo. Página 148

20 “…se derriten, se sueldan, se calcinan, / se desgarran, se muerden, se asesinan, / resucitan, se buscan, se refriegan, / se rehuyen, se evaden, y se entregan.” Oliverio Girondo

21 PAZ, Octavio. La llama doble, Página 10

De algún modo lo dije:

“si morimos, ya no estamos allí para sentir ese instante último; si vivimos, sólo podemos elaborar ficciones a partir de las imágenes de muertes ajenas. Y sin embargo accedemos, a partir de estas experiencias auténticas, a lo imposible: perdemos la conciencia, gozamos, lloramos, sentimos vértigo, más allá del lenguaje y por el lenguaje El des-limitarse, la desmesura, el desbordamiento; todo aquello, en suma, que por su exceso nos violenta, está en complicidad con la muerte. No obstante, Bataille no olvida que la idea de la muerte nunca dejará de ser precisamente eso: idea, imagen.” (Mattoni en Bataille, 2004b:9)

Ensayo sobre la experiencia “obscena” del cuerpo y ensayo sobre la experiencia del cuerpo en el lenguaje, del lenguaje en el cuerpo, del lenguajepiel que tiembla de temordeseo ante la inminencia de la nada/todo que es el otro. Nada; porque hacia ella nos empuja, vacío que nos cae, permanencia que nos eterniza en la muerte. Todo: nos da, también, la cima y sus vibraciones. 

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