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Ética y estética: la cambiante vigencia, hasta hoy, de unas prácticas de lectura y escritura de los ’60.

Oscar Steimberg
Universidad Nacional de Buenos Aires

¿Qué quedó de las nuevas estrategias de lectura de los 60 y los 70? La pregunta remite a temas como el de la vigencia actual de proposiciones -o implicaciones- que remiten a la discusión de la relación entre ética y estética, que acompañaron la construcción de operatorias de análisis que, especialmente en autores como Barthes, fueron seguidas (a veces sustituidas) por redefiniciones de la problemática textual en sus instancias de producción y de juego, y entonces de su dimensión experimental.

1. El placer ambivalente de aquellas lecturas de Barthes, de Kristeva.
En textos como los de Roland Barthes y Julia Kristeva se desplegaron en aquel período perspectivas de lectura en parte coincidentes  (críticas, teóricas, histórico-críticas). Y que se proyectaron sobre textos literarios o ensayísticos que (especialmente en el caso de los elegidos por Barthes) no pertenecían al momento estilístico; que tenían estatuto de clásicos, o de fundadores, ya lejanos, de diferentes estilos de época. Pero que en las nuevas propuestas analíticas eran objeto de abordajes alejados de los modos de implantación y circulación que habían caracterizado el decurso de su lectura social: pasaban a ser interrogados desde miradas alejadas de las entradas estabilizadas por la enseñanza formal, aquellas que una frase terminó famosamente por definir como propias de “los viejos, los niños y los profesores”.

Tanto el recorrido de Barthes como el de Julia Kristeva confluyeron, en esa etapa, en espacios fundacionales de producción y polémica y en una relación de apelación textual mutua. Y fueron representativos de posiciones que se instalaron rápidamente en la historia contemporánea de las definiciones de la problemática de la producción de sentido en la poesía y la literatura, a partir de fundamentaciones que remitían a decursos analíticos tan extensos como el de la antigua retórica. Pero que terminaron por alimentar propuestas diferenciadas y, creo que esto en general no se leyó, en buena parte opuestas.
 
A discutir, en una memoria de esas lecturas: aquellas remisiones a la historia de la letra, en los momentos fundacionales de sus sucesiones retóricas y poéticas, abrieron tal vez, para algunos de los que leían a Barthes y a Kristeva, un camino de lectura de secreta ambivalencia. Tal vez sólo visto desde hoy, tal vez entrevisto ya entonces con secreto estupor o disfrute ante la percepción de una posibilidad, la del retorno a un posicionamiento de estudiante o de coleccionista, ante la apertura del acceso a asentados saberes que acompañaba a esas propuestas de ruptura.

Porque las asunciones del momento de flexión definido por los nuevos discursos de ruptura en los 60 coincidían paradójicamente, en el tiempo y el espacio de su despliegue y en la materialidad de la letra, con la circulación de otra novedad, la del regreso de unos textos serenamente didácticos, acuciosamente recorridos por su público a partir de la urgente necesidad del manejo de unos conocimientos retóricos, empezando por los de la retórica clásica, olvidados ya o nunca incorporados por los lectores informados del momento. Si se ensaya un recorrido actual de esa memoria aparecerán por ejemplo, entre otras lujosas cartillas incluidas en programas de asignaturas de nivel formativo, así como en los temarios de los grupos de estudio y en los regocijos de la conversación, títulos como el de aquella ayudamemoria sobre la antigua retórica de Barthes y recorridos como el de Julia Kristeva por los emplazamientos y definiciones de lo Verosímil.Había algo paradójico o de alguna manera contradictorio en esa circulación, porque se privilegiaba el estudio de aspectos diversos del universo de operaciones y definiciones de la retórica y la poética, pero eso ocurría en los tensos inicios de una recuperación en la que se acompañaba la presentación de esos repertorios con la formulación de alertas o tomas de distancia: la Ayudamemoria incluía finalmente el señalamiento (Barthes) de que todo ese herramental había terminado por encontrar su lugar de repetición característico en algo así como el ronroneo sin sorpresa de los medios masivos, y “La productividad llamada texto” se cerraba (Kristeva) con la celebración de la posibilidad de un abandono de lo verosímil, como efecto de la sustitución de la sociedad de información y de consumo por el universo de la productividad translingüística, en la que la antigua búsqueda de lo verosímil perdería su lugar. En cada una de ambas construcciones –teóricas y poéticas las dos, la de Barthes y la de Kristeva- se prometía un doble beneficio de lectura, la posibilidad del abandono de un obedecer junto a la de la recepción de un saber.

Y desde el lado de la lectura había razones para no hablar de ese doble placer, para empezar por no reconocerlo. Distintas paradas enunciativas levantadas a lo largo del tiempo contra las visiones y las prácticas institucionalizadas de la retórica y la poética (y, se sabe,  los comienzos fueron múltiples, muy anteriores a la defensa de la expresión sin barreras de uno de los romanticismos) habían sido parte de la formación de todos esos lectores, y podrían describirse como impugnaciones, a veces muy puntuales, de esos órdenes de lectura y escritura, pero especialmente de sus instancias más abiertamente prescriptivas, reiteraciones transhistóricas de la del  Ars poetica de Horacio y sus preceptos: “en la poesía como en la pintura”, unidad y simplicidad, observancia y separación de los géneros, disciplina en la elección de sus momentos y contextos de uso y privilegio del arte imitativo, tanto de los modelos (“las páginas socráticas” de escritura) como de “la vida y las costumbres”. No hay vanguardia o desvío antigénero que no se haya propuesto la inversión, implicada o explícita, de esas fidelidades. Pero –después de todo, la historia de la lectura está hecha de la memoria de los lectores- a esta altura de la vida social de aquellos textos de los 60 cabe también considerar la operatoria de lectura, también expuesta o no, de que dan cuenta ciertas circulaciones del material; como la inclusión en programas de estudio, de entonces a hoy, de aquellos desarrollos, especialmente los de Barthes, en tanto dispositivos de aprendizaje de esa retórica perpetuamente invasiva, condición y recurso de una permanencia más general, la de la previsibilidad discursiva en todos sus soportes. Lo que había sido cerrado con una disgustada advertencia (la referencia a una pervivencia de la doxa retórica formulada por Barthes) o una esperanza de apartamiento con respecto a esos moldes (Kristeva), tomaba también, sin embargo, el lugar de libro de texto, en el gracioso emplazamiento de un manual actualizado para un nivel de educación superior, o aun el de fuente de placer para la manía del aficionado o del coleccionista.

En cada momento de lectura, la posibilidad de una elección secreta. Una posibilidad entre dos: la del conocer para la denuncia, para la defensa ante la manipulación y para la toma de distancia, por un lado, o, enfrente, la del leer y releer para el gusto (sin dejar de lado, en los primeros tiempos de esa circulación no confesada, el placer del coleccionista), o, y puede ser lo mismo,  para un saber de usos múltiples que no urge especificar, o aun para la competencia entre entendidos.

Pero queda una tercera posibilidad: la de la ambivalencia, la de la oscilación que promete a la vez la asunción de la distancia crítica, con un conocimiento acabado del objeto de la prevención o la denuncia, y aquel saber de placer, buscado en una práctica que empieza por postergar el momento de esa toma de distancia con el placer del texto. A discutir: puede sostenerse que Barthes vio rondar esa ambivalencia en los espacios de los intercambios culturales que estudiara desde las Mythologies, y que volvió a ponerla en foco en sus últimos seminarios, pero entonces con el agregado de una apuesta a su explicitación, y al intento asociado de la transmisión de una posibilidad de escribir y de experimentar, que si no se practica deja sólo la de leer y entender.

2. Y sin embargo, la distancia: Julia Kristeva y los dos soportes de la revuelta íntima
 
La determinación o el azar por los que unos trabajos de edición, los que siguieron a la corrección y anotación de los últimos apuntes de clase de Barthes, del final de los setenta, llegaron a la publicación en libro no antes de dos décadas después, acortaron la distancia temporal entre los momentos de salida de una parte de la obra ensayística de Julia Kristeva y aquella de Barthes, pero una segmentación de los públicos o un diferente alcance en la circulación de ambos textos, o un silencio selectivo de los lectores de ambas series, dejó sin tratar el registro del crecimiento de las diferencias que hoy permiten oponerlas entre sí, a partir de su relación con definiciones o, se sostendrá, implicaciones difícilmente asimilables entre sí de la relación entre ética y estética, y aun del lugar de la operatoria en su dimensión experimental.

Julia Kristeva enumera, en La revuelta íntima (Kristeva, 2001 [1997], p.19), los rasgos  comunes que ve acercarse entre sí en las definiciones del trabajo intelectual o artístico de Aragon, Sartre, Barthes, en tanto “confrontación con la unidad de la ley, del ser y del sí mismo a la cual el hombre accede con el goce”. . Que es percibido por la antigua norma como un ‘mal’, y que, inversamente, en la medida en que sea pensado-escrito-representado, constituirá, ese goce, un atravesamiento del mal, razón por la que constituirá  “quizá la manera más profunda” de evitar “el cese de la representación y de la interrogación”. Porque “la permanencia de la contradicción, (...)esto es lo que explora esa cultura-revuelta”

Las coincidencias insisten, y organizadas en la escritura en tanto bases del reconocimiento posible de una estrategia compartida de ruptura. Señala Kristeva –y hasta aquí habría coincidencia entre las dos estrategias- que esa cultura–revuelta no existe “exclusivamente en el mundo de la acción sino en el de la vida psíquica y sus manifestaciones sociales (escritura, pensamiento, arte)”, y que “esta re-vuelta cultural concierne intrínsecamente a la  vida de la ciudad y tiene implicaciones profundamente políticas: plantea, de hecho, la cuestión de otra política, la de la conflictividad permanente” y despliega una especificación: “...la experiencia analítica nos reconcilia con aquel fuera-del-tiempo propio de la pulsión y, particularmente, de la pulsión de muerte”. Pero después se enunciará en su texto una definición que puede ser leída como lo opuesto de las proposiciones barthesianas acerca de esos desvíos. Primero, una súbita bajada al juicio sobre el efecto de medios y dispositivos y sobre el de sus prácticas: “¿No es verdad que las diversas formas de “posesión” de nuestra intimidad, incluidas las más demoníacas, las más trágicas, siguen siendo nuestros refugios y nuestras resistencias frente a un mundo llamado “virtual” en el que los juicios se evaporan, cuando no revisten una forma arcaica y bárbara?” Si es así, esas formas parecen tener la propiedad de resistir los azares de la lectura y las operatorias del juego que pueda seguirlos. Y la salida, con sus posibilidades de ruptura, parece depender de un reservorio anterior a la confrontación: “Frente a la invasión del espectáculo, todavía podemos meditar sobre las potencialidades de revuelta que lo imaginario puede resucitar en nuestra intimidad”. Un imaginario se presenta abroquelado (¿es exagerado decirlo?) en el apartamiento  que una intimidad mantendrá siempre previo, siempre exterior a los objetos, modos y ritmos de esa invasión.

Tratando de volver a los sentidos generales de esas proposiciones: entre las condiciones de existencia de las perspectivas del Barthes de fines de los 70 –ahora desplegadas en el discurso circulado, mucho después, en las ediciones de los últimos seminarios - estaba la de la permanencia de un imaginario de lectura “abierto", pero convocado a partir, también, de una exigencia complementaria: debía operar a la vez como resguardo de la posibilidad de seguir percibiendo la complejidad de la palabra  exterior y anterior sobre la que se proyectara; y la novedad –y su disfrute, y su productividad- vendrían del juego con ella. Para el lector de los textos de ambos períodos: a partir de aquellas ambivalencias, estas operatorias.

 

3. Tiempos de la ruptura y de su ética: la necesidad de nombrar las cosas de otro modo
Romper y seguir. Romper pero seguir. Seguir de otro modo, y llegar a describir la ruptura. En frase rápidamente instalada en el universo de referencias de las reflexiones sobre ética y vanguardia, Edoardo Sanguinetti  abrió discurso en los 60 desde la amargura ya posvanguardista de una fórmula: “Las vanguardias tienen un momento moral y un momento cínico”. El segundo momento quedaba definido, obviamente, como el de la entrega del nuevo hacer artístico a las expectativas de repetición de una demanda capturada por sus éxitos. La concisión descriptiva de la proposición se presenta como indudable, y ya leída los ejemplos parecen pelearse por ocupar la escena. Pero es probable que, desde hoy, alguien quiera ponerse lexicalmente aun más confrontativo y señalar que, donde Sanguinetti dice “cínico”, debería haber dicho “hipócrita”: los cínicos no eran precisamente unos entregados al éxito social, y entonces a “la censura preventiva de la comunidad” (la cita es del Jakobson de “El folclore como forma de creación artística”). Y donde dice “moral” (podría continuar el, de todos modos, coincidente lector de la fórmula), debería haber dicho “ético”: se trata de modos de hacer o de no hacer, no de seguir unas reglas o unos mandamientos con contenidos predeterminados.

No se trataría, meramente, de cambios lexicales. Las propuestas del objetor no serían hoy, únicamente, el resultado de la búsqueda de una (en general, en estos campos, sospechable) búsqueda de exactitud. Hablar de ética es hablar de una operatoria, y no de unos preceptos o mandatos. Y es sobre el cuidado de la operatoria que habla, insistentemente,  el Barthes de Cómo vivir juntos, cuando describe y explica los ejercicios del seminario (ellos mismos presentados en términos de una dimensión ética definida en tanto tal). Y, del otro lado de la fórmula, al cambiar cinismo por hipocresía se estaría atendiendo a otra de sus tematizaciones permanentes del último período. La hipocresía trabaja con las repeticiones, bien emplazadas, del discurso. Y con las referencias ya naturalizadas, o en trance de naturalización, de las posiciones dialógicas de cada cual. La hipocresía se suma a las clasificaciones morales vigentes y se finge previsible. Opera a partir de un disciplinamiento, en distintos niveles, del discurso. En la producción de un discurso hipócrita no es posible jugar (como sí jugaban, no para agradar, los cínicos). Y tampoco se juega, aunque en un breve momento inicial del desempeño lo parezca, en las renuncias a la percepción de la dimensión de la escritura. Para Barthes el juego debían ser parte de los trabajos de lectura o escritura no por razones de funcionalidad o eficacia, ni siquiera de belleza, sino porque sólo la operación lúdica nos libra de las repeticiones de la espontaneidad, inevitable “campo de la repetición de lo ya dicho”.

Barthes se ocupó largamente de objetos no literarios y no lingüísticos, pero en su último tramo la escritura ocupó el conjunto de su escena. Tal vez correspondan entonces para el tema otras comparaciones. Como parte del campo polémico de la estética contemporánea, los textos de Jean-Marie Schaeffer y Gerard Genette tratan temas que se relacionan con los de Barthes en más de un nivel, pero especialmente en uno: refieren a un hecho estético que sólo existe en términos de una relación, y se abstiene de listar o respetar universales de sentido.  

Hay, en Schaeffer y Genette, el despliegue de los procesos de constitución del efecto de arte en un antes o un afuera de la definición de una utilidad externa, en un movimiento percibido en términos de una disposición atencional ajena a toda universalidad.

Sin embargo, en la propuesta de Barthes esas recurrencias presentan una condición más, que suele tomar la escena: no son la insistencia de un sentido. El investir / desinvestir / reinvestir de Barthes no es la dialéctica de las anáforas de Souriau, que no introduce ningún desinvestimiento en el proceso, aunque la palabra dialéctica esté cargada de negatividad. Y tampoco hay desinvestimiento en la reversión sobre sí de la comunicación jakobsoniana. En cambio, la focalización por Schaeffer y Genette de la relación entre la dimensión atencional y la intencional que la mirada supone en la obra coinciden con otras perspectivas de Barthes (el punctum es el efecto de una atención que no puede no incluir la perspectiva de una inclusión estética).

Ahora bien: en la visión desplegada de la literatura entrará la del momento de borde en el que el ¿actor? "intentará una breve digresión sobre el método de exposición". Y allí toma su lugar la referencia a la parábasis, momento en la comedia griega "en que el actor que representaba al autor se acercaba al proscenio y se dirigía a los espectadores como si fuera el autor mismo". Y Barthes también estaba desplegando los componentes de una escena que por esos años empezaba a conformarse: la del gozoso seguir y cambiar o volver a la vez. Y entonces: "¿la bibliografía? Especialmente la de la metaliteratura: los escritos en que un autor confía sus planes, sus proyectos [da lista de autores]". "Si se exceptúa la crítica impetuosa, que corresponde a los medios y no al libro, (...) todas las críticas (serias) implican más que una ideología. Y, de un modo que fue creciendo en la década final, el retorno a la  autorreferencia:
"Júbilo: (...) el placer, el sentimiento de alegría, de júbilo, de plenitud que me da la lectura de algunos textos escritos por otros". [Sobre las memorias de ultratumba de Chateaubriand]: "(...) ese corto texto (...) produce en mí un deslumbramiento del lenguaje (...) Mi Deseo de escribir viene no de la lectura en sí, sino de lecturas particulares, tópicas (...): del encuentro de algunos textos leídos nace la esperanza de escribir".

Sería injusto sostener que Julia Kristeva no había advertido la complejidad del tema de, en sus términos, la permanencia de la contradicción en la cultura – revuelta. Puede, en cambio, señalarse que no hizo del tema parte de su trabajo de descripción. El “principio de delicadeza” (“no clasificar al otro”) fue de Barthes. Que en su  práctica no dejó afuera al propio personaje. Sujeto de unas propuestas de producción de sentido mediante las que no podría apelar, como el de Kristeva, a “potencialidades de revuelta que lo imaginario puede resucitar en nuestra intimidad”. Su escritor  será, en eso, como el de Friedrich Schlegel, un demiurgo del lenguaje, dirigiéndose a actos de escritura externos y múltiples, que tendrán, ellos, efectos en su intimidad: ahora, entonces, más  objeto que sujeto de esos actos,  que construirán en ella sus objetos, que cambiarán sus tiempos y sus territorios en la Sympoesie.

Y asociado a lo mismo: no se t rata únicamente de la inestabilidad de los territorios de género o estilo: caen también los intervalos, y los intervalos son parte de la sintaxis en la puesta en discurso del desvío.
Como ocurre con otras rupturas de la previsibilidad, es más perceptible hoy la condición oscilante de la pertenencia. Ética y estética lo son, ambas, de un operador.

Frente a esa disposición lúdica  (estética porque es una búsqueda estratégica en un campo del gusto, ética porque pide la delimitación de un registro de relaciones con el otro, que respete en él también la posibilidad de la indefinición lúdica, y entonces que se abstenga de preclasificarlo) , la revuelta íntima de Julia Kristeva puede percibirse como su opuesto: como un retorno de la expresión de un interior que terminará manifestándose como preconstituido. Ya que no se inicia con un procesamiento del afuera sino con una puesta afuera, una vez más, de lo propio que lucha contra la presión de un discurso exterior.

Notas

1) En la corrección de estos comentarios tomé contacto con parte de una polémica dura y reciente sobre S/Z aparecida en Internet, que remite al libro de C. Bremond y C. Pavel (Bremond - Pavel, 1998) ,

2) Resumen de Roland Barthes del curso de "Semiología literaria"  para el anuario del Collège de France (Barthes, 2003).

 

Bibliografía citada

Barthes, R., Cómo vivir juntos, trad. esp. Buenos Aires, Siglo XXI Arg., 2003.

Barthes, R., «Jeunes chercheurs», en Communications, Nº 19, Paris, Seuil, 1972, p. 1-5.

Bolz, N., Comunicación mundial, trad. cast. Buenos Aires, Katz, 2006 [2001].

Bremond, C. y Pavel, C., De Barthes a Balzac, fiction d'une critique, critiques d'une fiction, Paris, Alvin Michel, 1998.

Genette, G., “Prólogo”, en La obra del arte, Barcelona, Lumen, 1997 [1996]

Gombrich, E., “El experimento de la caricatura”, en Arte e ilusión, trad. cast. Barcelona, Gustavo Gili, 1982 [1959]

Goodman, N., “¿Cuando hay arte?”, en Maneras de hacer mundos, trad. cast. Madrid, La balsa de la Medusa, 1990 [1978].

Goodman, N.,  “L’Art en action”, en Les cahiers du Musée National d’Art Moderne, Nº 41, Paris, 1992.

Kristeva, Julia, La revuelta íntima, trad. cast. Buenos Aires, Eudeba, 2001, págs. 19 a 23.

Schaeffer, J.-M., El arte de la Edad Moderna, trad. cast. Caracas, MonteAvila, 1999 [1992].

Thouard, D.,  Symphilosophie, Paris, J. Vrin, 2002

 

 

 

Así, en Barthes, R., Cómo vivir juntos, trad. esp. Buenos Aires,