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Romano Sued, Susana
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Malestar en la Estética. Kant, el imperativo ético contra los críticos seriales

Susana Romano Sued,
Universidad Nacional de Córdoba/ Conicet

 

Jacques Rancière postula que hay un momento del pensamiento que implica a su vez su propia otredad. Esta afirmación de tinte hegeliano, hay que extenderla hacia la dimensión de la otredad una vez despejado su uso inflacionario ejercido por lo que en Europa se llama la Academia, y por lo que Lacan y los lacanianos llamamos discurso universitario; dicho uso, inflacionario y abusivo, ha logrado fertilizar el territorio multiculturalista, diluir las resistencias antifascistas, y dejar florecer el racismo, el fundamentalismo. Puesto que la mentada e insistente otredad prestó largamente servicio a la instalación de una clase de pensamiento que dio en llamarse post, y se aplicó a fulminar el carácter responsivo del lenguaje, su entrañable enlace con el sujeto, encarnado en la historia, en la lengua y en la localidad de dicha lengua, lo cual se tradujo a su vez como la muerte del autor, y en la autonomía absoluta de la obra de arte, autónoma sobre todo con respecto a su creador; anclando su dependencia de una fantasmática máquina diferidora del sentido en una remisión interminable de textos a textos.

El estererotipado “Desde dónde se habla”, la espacialización de los términos, “el lugar desde donde se habla”, más que quién habla, y a quién se le habla, y cuándo, conniventes con la idea de intertextualidad infinita, deconstructiva a extremos de autismo de la frase y desaparición del lazo social que precisamente funda al lenguaje, desculpabilizó cada enunciado en beneficio de una generalizada ficción, alto precio de autonomía pagado por las letras y los dichos sobre las letras. Para nosotros un hecho interesante en general, en particular para la obra literaria. De allí partieron las sinécdoques reduciendo aportes y legados cuyas condiciones de producción declaradas, expresas, explícitas, se afincaban anudadas a los momentos históricos determinantes, y exigentes de una conceptualización de los modos de la historia de estar presentes en la poesía.

El petardo de la desmaterialización, el hurto interpretativo de un más allá de la moral para leer los textos que escaparían a toda valoración ética por dejarse situar por encima de los síntomas sociales, entregó por turno al enemigo primero a la tradición griega, luego a Marx, luego a Sartre y de Beauvoir, a Lucacks, a un cierto Adorno, a Benjamin, Marcuse, Arendt, Bajtin, Lotman, por sólo nombrar a algunos materialistas licuados por los estudios culturales que la academia norteamericana arrebató a la escuela de Birmingham.

La materialidad de la lengua literaria, su literalidad, fue difuminada por discursos estetizantes generalizadores, modelos interpretativos aplicables, que llamaría replicantes, destinados a producir resignadas lecturas homogéneas.

Cada crítico serial aprovecha los intersticios, las brechas, los huecos, los lugares vacíos, y se tranquiliza con un progresismo de corrección política a la caza de consensos mediante incursiones bajtinianas, un lugarcito para lo popular, para la cumbia villera, para el albur.

Esto que parece un destrabalenguas es precisamente eso, un conjunto de enunciados dispuestos para destrabar la lengua, quitarle el cerrojo de la ficcionalización de la crítica, ya que el retorno de lo reprimido ha vuelto con la violencia bárbara y bélica del negacionismo nazi a adueñarse sin tapujos del poder material e intelectual de la palabra, que tantos siglos nos esmeramos por sostener: Pacta sunt Servanda.

Una vez que la violencia está ya instalada por doquier, consentida al extremo, el discurso carcomiendo los últimos andrajos del velo de la representación, y en condición expuesta (ausgeliefert se dice en lengua alemana), montado en la neurociencia, en el don cognitivista de los pedagogos, olvidados de Simónides y despreciando la enciclopedia, y haciendo culto del genoma, es hora de alarmarse, sumar la propia voz a otras que ya lo hacen y dar un grito de autor, de autoridad, de abandonar espectros y fantasmas, de reconocer otra vez la condición material del lenguaje, reconocer la carne al hueso de la textualidad, y responder, dar respuesta y hacerse responsable. Así lo razonaba críticamente Kant al indicar el imperativo de hablar con la voz propia de la mayoría de edad, ilustrar e ilustrarse, pasar la orden del orden, afincar la ley.
Dicho sencillamente, la enseñanza de Kant nos indica que la vida de los sujetos y sus acciones en comunidad se articulan en el imperativo de un deber, que razón y conciencia establecen, y por tanto le otorgan un carácter universal: éste se impone por sobre los intereses y las sensibilidades particulares. Su sostenimiento opera como garante de valores, y fuente de transmisión. El orden de lo humano en el bien.

 

El otro, cliché europeo y luego estadounidense, y de ahí reconvertido en las hibrideces latinoamericanas, ha colonizado y sigue colonizando los anaqueles y los eslabones sinápticos, que así se le llama al pensamiento en la era de TIC. Acrónimo de Tecnologías de la información y la comunicación.

El otro, hemos de restablecerlo contra la militancia del mundo licuefacto, el paradigma de lo líquido justo en tiempo en que la inminente escasez del agua reparte sangre y fuego en el planeta. La burla inscena y glotona capta y coopta, en especial el lenguaje, y es aún mayor cuando uno de los diseminadores de la disolución se apellida Bau man, hombre que construye.

Yo y el otro, nosotros y el otro, el rostro nunca demasiado humano, la cara, que ya a casi nadie se le cae de vergüenza, el primer organizador de la mirada que hace dejar atrás la horda, con su gesto y su mímica, la recobramos en la restañación de los vínculos, contra el autismo social televisivo e internetizado.

Levinas anudó el rostro a su invisible cuerda-cordis-, al acuerdo responsivo entre la voz, la mirada, el rostro, una marca de la alianza, que desde hace tiempo es tomada como blanco para convertirla en huella, en rastro perdido, en partícula autónoma, en ruina, que va por donde va y cuyo comienzo histórico quiere hacerse desaparecer, justamente, “en nombre del otro”.

Él ha muerto y la amenaza de la biopolítica posthumana se agrava. La lección de Auschwitz es aprovechada para que su legado tenga por destinatario a los muertos; la enseñanza, sin embargo, es para nosotros, los vivientes: tenemos la misión de vida, y no la cultura del holocausto. Francois Rastier nos indica que la sutileza de ciertos discursos dan por sabido un horror de todas maneras innegable, “lo que permite enmarañar la reflexión y hacer como si Auschwitz inaugurase una nueva era en la que han sido destruidos los valores y los criterios de responsabilidad han dejado de tener sentido: la era de la postcultura, en la que vivimos. Desde el final de la guerra, importantes y diversas corrientes del pensamiento contemporáneo han hecho del exterminio el “momento originario” del final de la Historia. …¿Habrá sido el exterminio ese umbral histórico que introduce a la humanidad en una postrera etapa, una etapa posthistórica, la de la posthumanidad? El hombre, animal político, ¿estará destinado a convertirse en animal biológico? Tales son los confusos interrogantes que hoy tienen predicamento, precisamente en un momento en que el negacionismo y el odio racial vuelven a estar internacionalmente en auge. Los círculos culturales y artísticos se han apoderado del exterminio ya no sólo como asunto político, sino como tema estético. Actualmente asistimos a la elaboración de discursos confusos y dobles lenguajes, en un contexto diversamente marcado por el retorno de un racismo que abarca todo el abanico político y el concomitante rebrote de delirios identitarios y filosofías políticas del “estado de excepción”. Se utiliza por parte de bien intencionados críticos de izquierda el concepto de zona gris de Levi para justificar el discurso ambiguo de prestigiosos intelectuales, hermeneutas legatarios de Heidegger como Steiner, incluso Agamben, que reivindican como necesaria la condición bárbara del humano, que ha vencido al ideal civilizatorio, y con ello celebran la tendencia de la víctima a hacerse cómplice de sus exterminadores en una alianza gozante hacia la posthumanidad. La vida desnuda, que exalta Agamben, “más allá de los derechos del hombre”, con los cuerpos expuestos al estado de excepción que fundaría una nueva ciudadanía: la condición de refugiado. Todo se fundaría en la gran semilla de Auschwitz, ideología que alienta la celebración de la escritura del canalla, con la excusa de la brecha que hay entre el arte y su artista, entre la biografía y la obra.

El henchido globo del mundo sometido a la expoliación, los sobrantes, exógenos, los inmigrantes, en jaulas, habla por boca de la fatalidad, y desfigura las voces que claman por una supervivencia no del superhombre nietzscheano –en realidad post hombre—sino como la de Primo Levi, quien afirma “En efecto, me interesan la dignidad y la falta de dignidad en el hombre”. Rastier, de quien tomo esta cita de Levi, pone al descubierto la política discursiva de Agamben, cuya interpretación de la afirmación de Levi indica que “Auschwitz rubrica la sentencia de muerte de toda ética de la dignidad o de la adecuación a cualquier norma”. Una política de inversión y reconversión los valores éticos que logra confundir y hermanar víctimas con verdugos, desligando la responsabilidad de los exterminadores y limitándola a la posibilidad de declararse culpable. Rastier nos recuerda asimismo el preciso enunciado de Agamben: “la ética es esa esfera que no conoce la falta ni la responsabilidad”, con el cual habilita la justificación, por nosotros bien conocida, de la obediencia debida.

Estetizaciones prometedoras

El lirismo tolerante que se busca y quiere encontrarse en los que exaltan al post hombre fue combatido hasta el último aliento por Celan, quien refutó desde el hueso mismo del alemán hasta la ínfima sílaba consentidora de los asesinos. Su obra es ejemplar al colocar lado a lado el documento histórico del exterminio con la poesía sin concesiones.
Jean Bollack empeña su vida y su obra en destacar este propósito, en despejar las atribuciones de hermetismo, de enigmaticidad, de ininteligibilidad, desvelando las reglas que la materia poética celaniana entrega para su lectura. Denunciando las aplicaciones heideggerianas del Urmythos anidado en la tradición lírica germánica.

Una enseñanza para enseñantes: La responsabilidad crítica ha de salirse de la serialidad servidora del biomercado, y recuperar en el lazo de la transmisión una enseñanza para la vida. Practicar la est/ética como política. Y atreverse a levantar la censura impuesta a la heteronomía y retomar el trayecto de la inmanencia hacia la trascendencia, del uno al otro.

Referencias, (no seriales)
Giorgio Agamben (1999), Ce qui reste d´ Auschwitz, Payot et Rivages, París

Jean Bollack, (2003), L´écrit. Une poétique dans l´œuvre de Celan, PUF, París

Kant, Emmanuel, (2005), Crítica de la razón práctica. FCE, México

Primo Levi (1989), Los hundidos y los salvados Muchnik, Barcelona

Emmanuel Lévinas, (2001) Quelques réflexions sur la philosophie de l´hitlerisme, traducido por Ricardo Ibarlucía y Beatriz Horrac, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires

Jacques Rancière (2004), Malaise dans l´esthétique, Galillée, París

François Rastier, (2005), Ulises en Auschwitz, Reverso, Barcelona

Silvana Rabinovich (2005), La huella en el palimpsesto. Lecturas de Levinas, Universidad Autónoma de México

Romano Sued, (1993), “La palabra bajo sospecha: en torno de la cultura Light”, en ETC, nro 3, Espacios de Producción en la cultura argentina, Club Semiótico, Córdoba

Romano Sued, S., Arán, P, (1995), “La desficcionalización de la crítica literaria”, ETC, nro. 6, Espacios de Ficcionalidad, Club Semiótico, Córdoba
-------------------(2007), Consuelo de Lenguaje, 2da. Edición, Alción, Córdoba

 

Kant con Teóricos

 

La pulsión desnuda no es pacto

En tiempos de desaparición, la persistencia en celebrar la desaparición, del tiempo, del mundo, de la realidad, de los causantes, montada en la seducción posthumanista, del otro detrás de una cacareada otredad, multicultural y cooptadora de minorías, separa la estética, la teoría, las obras de arte, la literatura, de todo rastro de responsabilidad política, mina y corrompe el universo simbólico, levanta sospecha sobre los ideales colectivos, de comunidad, y aplica una estrategia de transparencias, de la desnudez de objeto allí mismo, presentándose como natural, luego de la lucha contra la representación, y de los vínculos que enlazan el autor histórico con su creación. Tecnologías y aparatos cooperan en el sostenimiento de semejante programa.